La poesía de Santa Teresa de Jesús

 

Introducción

Teresa de Cepeda Dávila y Ahumada o también conocida por Santa Teresa, nació en Gotarrendura, Ávila en 1515. Desde pequeña mostraba gran interés en las novelas de caballerías y en temas religiosos. En 1539 formó parte de la orden de las Carmelitas de la Encarnación de Ávila. Sin embargo sufrió problemas con sus salud que le llevó a una parálisis que logró superar más adelante. Teresa tiene una visión mística, siente una profunda llamada de Dios que reflejará en su poesía mística.Funda las carmelitas descalzas. Aunque la mayor parte de sus obras están en prosa, destaca a su vez por su poesía.

 

Poesía de Santa Teresa

Santa Teresa es una clara representante de la poesía mística del Renacimiento, junto con San Juan de la Cruz. Sus escritos están llenos de espiritualidad y conceptos divinos de carácter autobiográfico. Su poesía expresa su devoción y amor incondicional hacia Dios. Para ello utiliza un lenguaje sencillo y numerosos recursos literarios, como por ejemplo la paradoja, que muestran lo inefable.

Santa Teresa, al igual que otros autores de su época, hace referencia a las distintas vías místicas a través de las cuales se llega hasta Dios. La primera vía es la purgativa, en la que el alma se limpia de impurezas mediante la penitencia. Le sigue la vía iluminativa, en la que el alma siente una llamada divina hacia la luz verdadera. Y por último, la vía unitiva, en la que el alma se llena de gozo y alegría al juntarse con Dios.

Algunas de sus obras más importantes son “Camino de perfección”, “Meditaciones sobre los cantares” y “Moradas del castillo interior”.

Uno de sus poemas más representativos, en el que muestra este estado de devoción por Dios mediante la desesperación por llegar hasta Él:

 

Vivo sin vivir en mí

 

Vivo sin vivir en mí

y tan alta vida espero

que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,

después que muero de amor,

porque vivo en el Señor,

que me quiso para sí;

cuando el corazón le di puso en mí este letrero:

«Que muero porque no muero».

Esta divina unión,

y el amor con que yo vivo,

hace a mi Dios mi cautivo

y libre mi corazón;

y causa en mí tal pasión

ver a mi Dios prisionero,

que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!

¡Qué duros estos destierros,

esta cárcel y estos hierros

en que está el alma metida!

Sólo esperar la salida

me causa un dolor tan fiero,

que muero porque no muero.

Acaba ya de dejarme,

vida, no me seas molesta;

porque muriendo, ¿qué resta,

sino vivir y gozarme?

No dejes de consolarme,

muerte, que ansí te requiero:

que muero porque no muero.

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