¿Por qué pensar?, ¿Para qué sirve la filosofía?

¿Por qué pensar? Primero, porque adelgaza, y en los tiempos que corren mantener la línea es cuestión médica. Segundo, por estética. ¿Por estética? Sí, pensar nos ayuda a modelar nuestra cara de gilipollas y nos hace más avispados, nos resalta la belleza facial. Es como darse dos veces al día con una crema antiojeras, antiimbecilidad y antifraudes.

No os diré que el pensar os hará libres, porque eso es una manida falacia, pero sí os permitirá daros cuenta del peso de las cadenas, y quizás aprendáis a manejarlas. Conoceréis vuestro lugar en la caverna y los más aventajados vislumbraréis al fondo, muy al fondo y si es que existe, la colita platónica de la episteme.

Pensar también te hará sufrir. No en los exámenes del Bachillerato, que pueden sortearse con memoria y chuletas, sino en los exámenes de la vida misma donde las chuletas caen a la parrilla de la realidad y se consumen producto del carbón crudo con que nos cuecen los años. Porque si cuestionarse las verdades impuestas es duro, más duele descubrir, como afirmaba Nietzsche, que detrás de muchas de ellas solo hay momias a las que dotaron de autoridad ciertos charlatanes históricos. Pero no tengas miedo, porque sufrir te ayudará a encontrarte, te irá susurrando, de cuando en cuando, quién eres. Sin sufrimiento intelectual no hay purgación, no hay catarsis.

Pensar nos desanimaliza; nos troca las migajas de pan de Hansel y Gretel en un GPS, la cuadriga romana en un todoterreno y la amputación sangrante de Galeno en una leve intervención de cirugía mínimamente invasiva. Pero, ¡ojo, navegantes!, en el supremo orden del pensamiento y el raciocinio también se han cometido los crímenes más salvajes, las atrocidades más inhumanas. Debes tener bien claro que el pensar, que la supremacía del pensar, sólo te da derecho a saber que no tienes más derecho que nadie. Y esa es, quizás, la única superioridad moral que se te permite una vez que alcanzas la cúspide misma del conocimiento.  ¿Por qué pensar?

El camino será duro. Por eso, elige bien a tus acompañantes. Cuídate de los demagogos de las supercherías y verdades insondables. Evita al populista que prefiere la gloria colectiva de los vítores a la verdad huérfana de aplausos. Resguárdate de la lluvia de los que se conforman con todo, del sol de los que no se enfrentan con nada y de las tempestades de los que llaman miedo a todo lo que desconocen. No obstante, arrímate al que te cree la duda, maravíllate del que pueda enseñarte aunque sea una minucia, ama a quien te haga daño si de él nace un brote de futuro, un pequeño racimo que vaya madurando en la barrica del pensamiento y termine en vino de la mejor añada.

El camino, compañero, va a ser duro, porque no faltarán los que te metan chinas o piedras de Stonehengeen en los zapatos. Pero recuerda que los pies son solo tuyos, que al final, muy al final de la jornada puede que encuentres la verdad o la nada.

 

One Response

  1. alvaritoerterremoto septiembre 26, 2017

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